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El poder oculto de la Danza (Un pequeño panfleto)
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Si pensamos en los poderes políticos, económicos, militares, religiosos, sociales que hoy dominan el mundo, hablar del poder de la danza parece un asunto ingenuo. Efectivamente, ante la brutalidad del pensamiento único impulsado por el neoconservador y ultraliberal Imperio y acatado con docilidad por tantos países satélites, y enfrentada esta ideología preventiva a la no menos brutal imaginería de cierto islamismo fundamentalista, el territorio artístico parece condenado a ser un refugio de denostados personajes, increpados por esa derecha rancia que se obstina en buscar nombrecitos tan “apropiados” como: pusilánimes, terroristas, anti patriotas, contra-sistema, izquierdistas fuera de moda, neo hippies o simplemente, poetas. Toda una serie de descalificaciones que podemos leer en la prensa y medios de comunicación de ese poder dominante, incapaz de sentir la más mínima sensibilidad, no sólo por las matanzas realizadas en Irak, sino por la lectura de Dante, los madrigales de Monteverdi, las obras teatrales de Moliere, los poemas de Lorca o las coreografías de cualquiera de los maravillosos artistas que a lo largo de los siglos han ido encadenando un lenguaje de signos corporales, de interacción con la música, de ocupación del espacio y de sensibilidad en el desarrollo del puro movimiento. Parece imposible pensar que alguno de los integrantes de los por sí mismos llamados “fuerzas del bien”, pudieran entender, comprender y emocionarse con la inteligencia creativa de coreógrafos y bailarines como Fokine, Börlin, Martha Graham, Mary Wigman, Kurt Joos, Rodolf Laban, Lifar, Limón, Balanchine, Pina Bausch, Cunninghan, Bejart, Gades, Forshyte, Stekelman, Keesmaeker, Araiz, Barysnhnikov, Silvie Guillén, Bocca, Cranko, Killian, Fabre, Sasha Waltz o Trisha Brown, por no citar más que un pequeñísimo núcleo de formidables artistas que no dejaron de crear o siguen creando poesía en el espacio a lo largo de toda su carrera.

 

El poder de la danza, o si se quiere el poder de un lenguaje artístico y una forma superior de cultura, no pasa por dominar mentes o imponer criterios, sino precisamente en todo lo contrario, abrir la inteligencia humana a nuevas formas de entender la realidad desde perspectivas de libertad. La danza posee en la actualidad múltiples estrategias para desarrollar sus formas expresivas. Diversidad y mestizaje son parte de sus señas de identidad. El ballet de repertorio forma parte de un legado, pero hoy la danza contemporánea explora en las múltiples posibilidades que su “contaminación” permite con otras artes: el teatro, las artes plásticas, las nuevas tecnologías, las raíces étnicas y antropológicas, el empleo de la palabra como dramaturgia específica, el video, la ocupación de espacios insólitos, las técnicas mixtas en el empleo coreútico. En suma una danza sin fronteras.

 

Aunque sobre todo esto y, siendo mismamente objetivos, se debería señalar también como la actitud de determinados sectores de lo que podríamos entender como izquierda ortodoxa o incluso algunos pertenecientes a alternativas progresistas, no han mantenido respecto a la danza una visión lo suficientemente profunda y ajustada. Demasiadas banalidades en sus análisis y casi siempre una consideración más cercana a una esquemática idea sobre un posible y frívolo lado del espectáculo, que el de la auténtica creación artística. ¿No se merecería ese mundo de creación coreográfica que se realizara por parte de estos sectores una autocrítica razonada ante estas actitudes?

 

Esa incomprensión se ha materializado en dos formas muy palpables. Una desde el punto de vista ideológico, tratando con desdén los aportes artísticos de la danza, considerándola un género menor dentro del terreno de la cultura. La otra, y quizás más grave todavía, perpetuando una falta de apoyo económico y de medidas de gestión que ayudarán a su consolidación y desarrollo, cuando estos sectores progresistas han alcanzado el poder político en algún país. Salvo en algunos casos concretos, pensemos por ejemplo en la gran labor que impulsó Jack Lang, cuando fue Ministro de Cultura del gobierno socialista francés en los años 70, otros gobiernos socialdemócratas no han realizado planes específicos para ayudar al sector a estabilizar sus propuestas. Y si esto ha sido palpable en Europa ¿qué decir en América Latina?.....Dicho claramente, cuando un poder político y económico se ha asentado en algunos países, con una tendencia que podríamos denominar de “izquierdas”, sus medidas no han correspondido a lo que se debería ser unas políticas de gestión acordes con su ideología y por eso, la danza ha sufrido esa doble discriminación de la que antes hablaba.

 

Sigue habiendo reparos, prejuicios, ideas que sostienen que la danza pertenece a un imaginario de un mundo concebido por la burguesía, algo que pudo ser verdad en otros siglos, pero que si analizamos las renovaciones y reformas del siglo XX, veremos que eso no se sustenta en la realidad. Las múltiples experiencias de búsquedas, investigaciones e indagaciones de la danza moderna, contemporánea y post-moderna, deberían situar a este arte como una de las aventuras más apasionantes de la cultura del siglo pasado. Y que, por cierto, no ha dejado de producirse hasta nuestros días.

 

Por eso el poder de la danza es muy diferente al de la obviedad política. Es un poder culto, subterráneo y trasgresor. Aunque en el mundo de la globalización actual siga primando esa dualidad ARTE / MERCADO que nos obliga, querámoslo o no, a tomar partido en una de las dos partes. O estamos en el lado de los que creen en la danza como mercancía o en el de los que creen en la danza como bien cultural. El primer apartado no me interesa. Existir, existe y me parece incluso necesario que así sea. Complace a un tipo de público y da mucho trabajo a coreógrafos, bailarines y técnicos, además de servir en muchos casos como una forma de entretenimiento importante.

 

Pero para mí el arte y la danza pertenecen al lugar del “bien cultural”, “bien patrimonial” y “bien público”. Un espacio para la libertad, la comunicación y el placer estético.

 

Todo gran creador coreográfico conlleva en su trabajo una dialéctica entre la ética de su discurso personal y la estética como resultado de un proceso de compromiso con el oficio y la poética específica que desarrolla.

 

Recuerdo una vez más aquella reflexión de Lacan en la que, más o menos, decía: “El placer es lo que sirve para nada”. Nada en relación al mercado dominante, nada en relación con el gusto de lo que se nos quiere imponer, nada en relación al poder de las multinacionales disfrazadas de gobiernos democráticos.

 

Danza como placer, como exploración de diversidades estéticas, como mestizaje de lenguajes y, ¿por qué, no? También como análisis de las relaciones humanas, sociales y políticas enmarcadas en un periodo histórico concreto. Este que nos ha tocado vivir.

 

El poder de la danza es pues oculto, pero tremendamente importante para poder sentirnos ciudadanos libres y no súbditos consumidores.

 

Guillermo Heras é professor, autor e director de teatro espanhol. Mestre em Gestão Cultural pela Universidade de Complutense de Madrid. Membro-fundador da Companhia de Teatro del Astillero e atual diretor da Mostra de Teatro Espanhol de Autores Contemporâneos e assessor de Artes Cênicas de La Casa de América.